Cada vez que alguien abre un discurso con una cita de Churchill,
Aristóteles o Einstein está diciéndole al público, sin saberlo, que no confía
demasiado en sus propias palabras. Hay una alternativa más honesta y más
valiente: citarse a uno mismo.
(AZprensa) Existe un tic muy
extendido entre quienes tienen que escribir un artículo, preparar una ponencia
o abrir una presentación: lo primero que hacen es buscar una frase célebre de
alguien famoso para encabezar su texto. Einstein, Churchill, Séneca, Gandhi,
Steve Jobs —los clásicos de toda la vida y los clásicos de guardarropía—
desfilan por miles de conferencias y artículos cada año sin haber sido
invitados por nadie. El mecanismo que hay detrás es tan transparente como
ineficaz: si cito a alguien muy inteligente, algo de esa inteligencia me
salpicará por proximidad. Como si la sabiduría fuera contagiosa por mera
vecindad tipográfica.
El resultado suele ser el contrario del deseado. Una frase de Aristóteles
en la cabecera de un artículo mediocre no eleva el artículo: rebaja a
Aristóteles. Y delata al autor: si necesita pedir prestada la autoridad de
otros para arrancar, es porque no confía demasiado en la suya propia. Lo cual,
antes de haber escrito una sola línea, ya es un mal comienzo.
La propuesta: cítate a ti mismo
Si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y
si sabe, tiene ideas propias sobre ello. E ideas propias, destiladas con el
tiempo y la experiencia, generan frases propias. Frases que merecen ser
recogidas, conservadas y citadas —por uno mismo, en primer lugar— antes de que
el viento se las lleve.
Citarse a uno mismo no es vanidad: es coherencia. Es confiar en el
propio pensamiento lo suficiente como para presentarlo en público con nombre y
apellidos, asumiendo la responsabilidad de haberlo dicho. Y tiene una ventaja
adicional que la cita ajena nunca puede ofrecer: es original. Nadie más la ha
dicho antes. Nadie más puede reclamarla. Es tuya.
Como ejemplo de lo que propongo, aquí van seis frases mías —algunas
sobre comunicación y periodismo, otras sobre la vida en general— que he ido
escribiendo o pronunciando a lo largo del tiempo y que considero que merecen
sobrevivir al momento en que nacieron:
«Si buscas buenas frases para incluirlas en tu discurso o artículo, no
debes buscar fuera sino citarte a ti mismo.»
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu
jefe.»
«El problema de la Comunicación es que todos se creen expertos en ella.»
«La Poesía es el alimento del alma.»
«La violencia no es una cuestión de género, sino de dinamómetro.»
«La mejor tradición es la que me invento yo mismo.»
«Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.»
Esta última no es mía —es del cangrejo Sebastián de La Sirenita—,
pero la incluyo porque es, con diferencia, la más aplicable a todo lo que hemos
hablado. Y porque demuestra que la sabiduría no entiende de pedigrí académico:
puede venir de Aristóteles o de un cangrejo animado, y en ambos casos lo que
importa es si la frase dice algo verdadero.
Así que la próxima vez que te sientes a escribir ese artículo o a
preparar esa ponencia y sientas el impulso de buscar una cita famosa para
empezar con buen pie, detente un momento. Piensa en lo que tú mismo has dicho o
escrito sobre ese tema a lo largo de tu vida. Seguramente hay ahí algo que
merece la pena rescatar. Y si todavía no lo has dicho, dilo ahora. Puede que
sea esa frase la que alguien cite dentro de veinte años.
Biblioteca Fisac
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