(AZprensa)
Cuando se utiliza el verbo “hacer” se suele olvidar algo que siempre debería
seguir a continuación, la palabra “bien”. Por eso, no deberíamos hablar nunca
de “hacer Publicidad” sino de “hacer bien Publicidad”… 7.-
Calidad de la publicidad Hablamos
mucho de publicidad, pero esta no puede hacerse de cualquier forma. Si los
anuncios tienen calidad (hechos por buenos profesionales con el presupuesto
adecuado), esa calidad se transmite al producto anunciado. Por el contrario, si
los anuncios son “chapuzas” hechas por un aficionado o una persona sin la
necesaria formación, esa imagen de “chapuza” se trasladará al producto,
causando el inmediato rechazo en el ánimo del cliente potencial al que impacte
ese anuncio.
Está
claro que a todos en la empresa les gusta la publicidad de calidad, realizada
por buenos profesionales, pero con frecuencia vemos cómo se consiente a los vendedores
que acudan a la imprenta local o al conocido de turno, para que les haga un
folleto, les grabe una cuña de radio, o les ponga un anuncio en la revistilla
local. ¡Y encima presumirán de que esa “publicidad” les ha salido más barata
porque no han tenido que pagar a ningún creativo, sino que la propia imprenta o
conocido ha hecho las veces de agencia de publicidad y sólo les ha cobrado por
el producto final y no por su “creatividad”! (Continuará…)
(AZprensa)
En un mundo donde el tiempo es un recurso tan valioso como el capital, la
rapidez en la toma de decisiones se ha convertido en un factor determinante
para el éxito en los negocios. Las recientes medidas implementadas por Donald
Trump, caracterizadas por una celeridad casi vertiginosa, contrastan de manera
evidente con la lentitud burocrática que define a la Unión Europea (UE). Este
contraste no solo pone en relieve las diferencias entre dos enfoques de
liderazgo y gestión, sino que también ofrece una lección crucial para el ámbito
empresarial: las decisiones bien meditadas, pero ejecutadas con rapidez, son
clave para aprovechar las oportunidades y mantenerse competitivo. La UE, con su
maquinaria administrativa pesada y sus procesos interminables, nos está
mostrando, casi como un caso de estudio, cómo la burocracia puede convertirse
en el enemigo del progreso. Desde
su regreso a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump ha puesto en marcha
una serie de políticas económicas, como la imposición de aranceles a las exportaciones
provenientes de otros países. Estas decisiones, independientemente de sus
méritos o consecuencias a largo plazo, destacan por la velocidad con la que se
han anunciado y comenzado a implementarse. En cuestión de semanas, Trump ha
transformado promesas de campaña en acciones concretas, enviando un mensaje
claro: en un entorno global dinámico, la agilidad puede ser una ventaja
estratégica decisiva. Por
otro lado, la Unión Europea, con sus 27 estados miembros y su necesidad de
consenso, se encuentra atrapada en un sistema que prioriza la deliberación
exhaustiva sobre la acción inmediata. Cuando Trump anunció sus aranceles, la
respuesta de Bruselas fue rápida en un solo sentido: una condena verbal y la
promesa de “responder con firmeza”. Sin embargo, los líderes europeos han
admitido que cualquier medida de contra ataque que emprendan, requerirá
extensas negociaciones entre los estados miembros, un proceso que podría tomar
meses o incluso años antes de que se traduzca en políticas efectivas. Esta
lentitud no es nueva; es un rasgo inherente a la estructura de la UE, donde las
decisiones deben pasar por múltiples filtros burocráticos, desde la Comisión
Europea hasta el Consejo y el Parlamento, sin mencionar las consultas con los
gobiernos nacionales. En
el mundo de los negocios, esta dicotomía tiene implicaciones profundas. Las
empresas que triunfan son aquellas capaces de analizar cuidadosamente sus
opciones —considerando riesgos, beneficios y datos disponibles— pero que no se
paralizan en el proceso. La reflexión es esencial, pero la indecisión es fatal.
Una oportunidad de mercado, como un nuevo nicho de clientes o una ventaja
competitiva temporal, no espera a que una organización termine de debatir
internamente. Si una compañía tarda demasiado en lanzar un producto, ajustar
precios o responder a un competidor, el momento pasa y el éxito se esfuma.
Trump, con su estilo directo y su disposición a actuar, encarna esta
mentalidad, mientras que la UE, con su enfoque pausado, ilustra los peligros de
dejar que la burocracia dicte el ritmo. No
se trata de abogar por decisiones impulsivas o mal preparadas. La rapidez sin
análisis puede llevar al desastre, como lo demuestran numerosos casos de
empresas que han fracasado por apresurarse sin una estrategia sólida. El
equilibrio está en combinar una evaluación rigurosa con una ejecución ágil. Las
organizaciones exitosas establecen procesos que permiten tomar decisiones
informadas en plazos cortos: equipos dedicados, datos en tiempo real y una
cultura que valora la acción sobre la procrastinación. En contraste, la UE nos
muestra cómo un exceso de capas administrativas y la búsqueda constante de
consenso pueden diluir la capacidad de respuesta, dejando a sus empresas y
ciudadanos en desventaja frente a competidores más rápidos. El
caso de los aranceles de Trump es un ejemplo perfecto. Mientras Estados Unidos
implementa sus medidas y reconfigura el comercio global a su favor, la UE sigue
atrapada en discusiones internas sobre cómo responder. Para cuando las
contramedidas europeas entren en vigor, el daño económico ya podría estar
hecho, y las empresas estadounidenses podrían haber consolidado su posición. En
los negocios, este retraso equivaldría a perder cuota de mercado o permitir que
un rival se adelante con una innovación disruptiva. La lección es clara: el
tiempo es un activo estratégico, y quien no lo gestione con eficacia quedará
rezagado. La
burocracia, como la que encarna la UE, no es solo un problema de gobiernos;
también afecta a muchas empresas que, en su afán por evitar errores, crean
estructuras rígidas y procesos interminables. Sin embargo, el éxito en el siglo
XXI pertenece a quienes saben adaptarse al ritmo del cambio. Las decisiones
meditadas son imprescindibles, pero la rapidez en su implementación es lo que
marca la diferencia entre aprovechar una oportunidad y lamentar su pérdida.
Mientras Trump avanza a toda velocidad, la UE nos recuerda que, en un mundo
acelerado, la lentitud no es solo ineficiencia: es una receta para el fracaso.
(AZprensa)
Analizando lo que se puede hacer y no hacer con el presupuesto de Publicidad,
hay que mencionar el tema de los regalos, algo que todas las compañías utilizan
y muy pocas saben utilizar provechosamente… 6.-
Comunicación vs Regalos Ya
hemos comentado cómo en cualquier promoción, hay que destinar mucho más
presupuesto a la publicidad, a comunicar la promoción, que a los regalos que
esta ofrezca. ¿De qué sirve dar muchos y extraordinarios premios si casi nadie
se entera? Se enterarán sólo aquellos clientes más próximos y cercanos a cada
vendedor, el cual les irá anunciando personalmente la promoción, pero ¿y los
demás? Lo
que se ve en muchas empresas es que el hecho de ofrecer un buen premio o unos
buenos regalos en una promoción les parece tan atractivo que se les olvida la
importancia de comunicarlo. Lo saben ellos, sí, pero ¿se van a enterar todos
los clientes? Y más importante aún: ¿Se van a sentir persuadidos de participar
en esa promoción por un simple anuncio o un “viva voz” que les llegue de la
misma? Como en cualquier campaña de publicidad se necesita insistencia, un
mensaje sugerente que llegue por diversas vías de forma repetida. Ya
hemos visto cómo en muchas empresas donde las promociones son responsabilidad
del equipo de Ventas y no del Jefe de Publicidad, la proporción en el reparto
de ese presupuesto es de 90% para regalos y 10% para comunicar la promoción;
cuando debería ser justo al revés: 10% para regalos y 90% para comunicar la
promoción y persuadir a los clientes potenciales para que participen en la
misma. (Continuará…)
(AZprensa) Hablando
de Medicina y del humanismo en Medicina (¡qué poco queda de él en la
actualidad!) es oportuno recordar la vida de uno de esos médicos del siglo XIX
que dieron ejemplo de lo que debe ser un buen médico. La lectura del libro “Kisses
are tears” nos abre la puerta a ese pasado no tan lejano y sin embargo casi
olvidado…
En
primer lugar, Gaspar Fisac Orovio (Daimiel, España, 1859-1937) fue un médico
distinguido de su época. Si bien ejerció como médico municipal en un pequeño
pueblo de La Mancha antes de trasladarse al Hospital de Ciudad Real, se ganó el
reconocimiento y el prestigio profesional no solo por su altruismo y dedicación
a sus pacientes —tratándolos siempre con un trato humano y cercano, tan poco
común hoy en día—, sino también por sus descubrimientos. A través de sus
investigaciones sobre la tuberculosis, desarrolló el primer tratamiento
preventivo y curativo registrado para esta enfermedad en España. Su experiencia
con numerosas epidemias —cólera, tifus, sarampión, entre otras— le permitió
establecer una serie de medidas de higiene y saneamiento para frenar su
propagación. La suya, pues, fue una vida que salvó muchas vidas. En
segundo lugar, nos centramos en su labor periodística. Empezó colaborando en un
periódico fundado por su hermano, del que posteriormente asumió la dirección
cuando la salud de este se deterioró. Ese periódico, El Eco de Daimiel, se
convirtió en el más vendido de Ciudad Real, y su influencia se extendió a otros
rincones de España. Aunque duró poco más de cinco años, publicó 445 números.
Desde sus páginas, defendía los ideales de la democracia y la justicia, así
como una firme defensa de las profesiones sanitaria y periodística. En
tercer lugar, exploramos su faceta como poeta. Aunque nunca publicó un libro
—la poesía era para él una afición—, dejó un importante corpus de composiciones
que merecen un lugar en la literatura española de finales del siglo XIX y
principios del XX. Prueba de ello son los premios que dos de sus obras
recibieron en concursos literarios. Esta pasión también lo llevó a escribir,
dirigir e incluso actuar en pequeñas obras de teatro.
(AZprensa)
Mención especial merece analizar aunque sea brevemente esa eterna lucha entre
la publicidad de productos y la publicidad corporativa, una lucha en la que
tradicionalmente siempre sigue perdiendo, por infravalorada, la publicidad
corporativa… 5.-
Publicidad de productos y publicidad institucional Las
empresas, en general, son muy reacias a hacer publicidad institucional, es
decir, anuncios de la propia empresa. Consideran que la publicidad sólo debe
hacerse de los productos, que son los que directamente generan beneficios a la
compañía, mientras que los anuncios institucionales realmente “no venden nada”…
según ellos. Y si bien es cierto que la publicidad de productos es
imprescindible para las ganancias de la empresa, no por ello debe despreciarse
la publicidad institucional, sobre todo si está bien hecha y en armonía con la
publicidad de los productos. La publicidad institucional hace llegar al cliente
potencial la imagen de una empresa fuerte, seria, de prestigio, con calidad,
formal, de confianza… y esa imagen que volcamos en el logotipo de la empresa al
anunciarla, y todos los valores que en ella hemos volcado, se trasladan de inmediato
a cada uno de los productos cada vez que ese cliente vea el logotipo de la
empresa junto al logotipo, nombre y/o imagen del producto. De esta forma, tanto
la publicidad de productos como la publicidad institucional se retroalimentan
una a otra, se refuerzan una a otra. Hay que enseñar a los empleados, mandos y
directores de la empresa, que al igual que ellos no comprarían un chocolate
(por ejemplo) de una marca desconocida si tienen junto a él otro de Nestlé,
Lind o cualquier otra firma de prestigio, el posible comprador de nuestros
productos se fiará más de los mismos si ve que están fabricados por esa empresa
perfectamente reconocible e identificable de la que le ha llegado publicidad en
numerosas ocasiones y a través de diversos medios. Es
pues un error muy extendido que las empresas renuncien a la publicidad
institucional o que la limiten a algún anuncio suelto (más que nada por
compromiso) y/o a la inserción del logotipo en algún libro o espacio
publicitario patrocinado. Tan importante es la publicidad de productos como la
publicidad institucional (la buena publicidad en ambos casos, se entiende). (Continuará…)